Con la llegada de la pandemia de 2020, hemos visto que el proceso de digitalización que ya acuciaba en la primera parte del siglo XXI, se ha acelerado hasta el punto en el que actualmente podemos acceder a prácticamente cualquier servicio de forma no presencial.
El fenómeno de lo online también ha llegado al ámbito de la salud mental, y ya en 2005, Mallen y Vogen definían la terapia online como “cualquier prestación de servicios de salud mental y comportamental, que incluye, pero no se limita a, terapia, consulta y psicoeducación, por parte de un profesional autorizado a un cliente en un entorno no presencial a través de tecnologías de comunicación a distancia como el teléfono, correo electrónico asincrónico, chat sincrónico y videoconferencia.”
Las ventajas de este tipo de procesos son múltiples y en general tienen que ver con la accesibilidad: permiten el uso de nuestros servicios por parte personas que residen en zonas aisladas, favorecen la conciliación del autocuidado con otras áreas de la vida, y la reducción del coste al eliminar los tiempos y los gastos de desplazamiento, y en muchos casos, eliminan las barreras con las que se encuentran las personas con discapacidad. Además, permiten al paciente tomar decisiones más conscientes sobre sus propios procesos, al poder elegir entre diversas opciones y no únicamente aquella que tienen más cerca, y la sensación de anonimato e intimidad puede ser mayor si la persona tiene un espacio adecuado para llevar a cabo la terapia.
Sin embargo, los procesos de terapia online no son aptos para cualquier perfil de paciente. Aquí te contamos algunos ejemplos de situaciones en las que nosotras consideramos que no es idóneo llevar a cabo este tipo de terapia:
- Pacientes con bajo grado de alfabetización digital: la brecha digital puede interponerse entre un paciente y un proceso de terapia online. Puede que estas personas no tengan los recursos necesarios para acceder a un grado adecuado de educación digital, o que simplemente no se sientan a gusto con este formato.
- Pacientes que no disponen de un espacio íntimo y seguro: Antes de iniciar estos procesos, debemos asegurarnos de que nuestros pacientes cuentan con un lugar en el que van a poder llevar a cabo la terapia sin interrupciones, sin ruidos y con un nivel de intimidad suficiente para sentirse cómodos.
- Niños y algunos adolescentes: los procesos de terapia con niños son prioritariamente experienciales, un formato que, a nuestro parecer, requiere de presencialidad para llevarse a cabo correctamente. Si el desarrollo del menor no permite una terapia principalmente dialéctica, mejor no optar por la terapia a distancia.
- Pacientes altamente evitativos o con sintomatología disociativa: Algunas características de los pacientes dificultarán el seguimiento de las sesiones online, ya que el componente no verbal se pierde en gran medida, lo que dificulta el trabajo de conexión.
- Sintomatología grave: riesgo de autolisis, adicción, TCA, depresión: En algunos de estos casos, que siempre valoraremos de forma individual, consideramos que la terapia presencial puede aportar un grado extra de presencia y adherencia al paciente.
Es fundamental que como profesionales de la salud mental actuemos de forma ética, responsable y coherente, siendo honestos con nuestros pacientes, priorizando su bienestar y garantizando el acceso a procesos de terapia de calidad.