En un lugar muy muy lejano había un reino habitado por animales, seres humanos y mágicos, así como una gran variedad de flores y árboles bañados por el sol y un cielo eterno. Durante el día buscaban alimento, se cuidaban entre sí, jugaban, resolvían problemas, amaban, se enfadan y arreglaban… Por las noches, contaban estrellas y pedían deseos que se cumplían. Era un reino muy normal. Era un reino maravilloso.
Un día estalló la guerra en aquellas tierras. Nuestro reino, que quería proteger a toda costa a los seres que lo habitaban, erigió unas imponentes, robustas y bellas murallas. Así, cualquiera que osara intentar invadir la paz de aquel lugar, moría de cansancio, hastío, hambre o enfermedad a sus pies, sin conseguir jamás asediarlo.
El reino estaba muy orgulloso de aquellas murallas, pues a pesar de que habían supuesto el aislamiento completo del exterior, también habían contribuido a preservar la vida de sus habitantes.
Poco a poco, las guerras cesaron y todo volvió a la normalidad. Sin embargo, los habitantes del reino continuaron durante décadas viviendo tras los imponentes muros sin ser informados, pues nadie osaba acercarse. Por ello, a pesar de que habían dejado de ser necesarios y ya no había peligro, las mantuvieron. Tanto había sido el miedo, tan inmenso el horror.
Con el paso de los años, muchos de sus habitantes ya ni siquiera conocía el origen de las murallas, sólo que siempre habían estado ahí. Ya no había rayos de sol, ni cielo eterno. Las flores hacía tiempo que habían abandonado el lugar, los árboles no crecían, ya no contaban estrellas por la noche… todo eso se había convertido en leyenda.
Al igual que nuestro reino, los seres humanos tenemos mecanismos de defensa que se activan cuando percibimos una amenaza. Sería algo así como una alarma que se pone en una casa para que avise de la entrada de intrusos. Esto es muy necesario para la supervivencia, ya que el sistema de defensa permite a través de su activación proveernos de protección. Ahora, imagínate que esta alarma sonara con el aleteo de una mariposa frente a la ventana, o con el zumbido de un mosquito que se pasea en la cocina. ¿Seguiría siendo efectiva? Estaría tan sensibilizada que no podría cumplir la función para la cual se instaló.
En ocasiones, nos ocurre algo parecido. Hemos pasado miedo, nos hemos dolido tanto, que estos sistemas internos de defensa se hipersesibilizan. Al igual que nuestro reino, mantenemos la fortaleza a pesar de que el peligro haya desaparecido. Como decía Frida Kahlo “amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior”. Entonces la protección se convierte en jaula y nos genera sufrimiento. ¿Qué hacer entonces? Aunque podemos continuar viviendo así, no es necesario. Es posible volver a confiar y abrirnos nuevamente al mundo.

Un día cualquiera, llegó al reino un hada. Todos los habitantes se quedaron congelados al verla llegar, ¡hacía tanto tiempo que no entraba nada ni nadie nuevo! Al principio les dio miedo, estaba hecha de muchos colores que les resultaban extraños. Poco a poco pudieron ir confiando en aquel peculiar ser que les hablaba de que sus leyendas sobre estrellas, flores y frondosos árboles se hacían realidad fuera de las fronteras de su amurallado reino. Inicialmente desconfiaron, pero el hada parecía buena y a fuerza de historias fue ganándose su confianza. Un día el reino le pidió que fuera ella la que derribara las murallas. Contestó que debían ser sus propios habitantes los que llevaran a cabo dicha tarea, de lo contrario no surtiría efecto.
Así, con la misma esperanza que miedo, animales, seres humanos y mágicos se hicieron con instrumental y fueron con cariño desmontando aquellas murallas bajo la atenta mirada del hada. El sol comenzó a entrar, el cielo volvió a extenderse, eterno. Y toda esa belleza dejó de ser leyenda.
En la vida real esta hada puede ser una buena amiga o amigo, un proceso de terapia psicológica, una pareja que nos cuida o unos padres que sintonizan y reparan daños… o quizá todo a la vez. Lo importante es que sepamos que es posible, como decía Mario Benedetti:
“(…)Abrir las puertas, quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron.
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa, ensayar el canto,
Bajar la guardia y extender las manos,
Desplegar las alas e intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos (…)”
¿Quién es Ana Moyano?
Formada en terapia sexual y de pareja, psicología forense, terapia familiar sistémica, psicoterapia breve, mindfulness y apego, trauma, disociación y EMDR. El mayor aprendizaje de la profesión lo he obtenido a través de mis pacientes, usuarios/as y alumnado.
Actualmente trabajo en un Centro de Acogida de la Red de Atención Integral contra la Violencia de Género de la Comunidad de Madrid. He dedicado mi carrera profesional al trabajo desde la perspectiva de género en intervención psicosocial y psicoterapéutica con múltiples colectivos además de ser supervisora clínica y formadora.
Me apasiona mi profesión, el aprendizaje constante y me resulta imprescindible poner mimo y cuidado en cada cosa que llevo a cabo.
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Conocí a Ana cursando mis estudios en psicoterapia integradora infantil. Ella era mi supervisora en aquel posgrado y enseguida encajamos a las mil maravillas. Nuestra forma de entender al paciente y el trabajo terapéutico, las recomendaciones de lecturas fluían en ambas direcciones… un aprendizaje constante. No necesité mucho tiempo para ver, además, la magnífica persona que se esconde tras la fabulosa terapeuta, así que hoy en día tengo también la suerte de tenerla en mi vida.
Gracias Ana por participar en esta serie de posts con motivo del aniversario de Clínica Cabal y sobre todo gracias por compartir tanto conmigo en el día a día.